Y me lo decías casi en broma, pero no tan en broma me lo tome. Decidí volcar la pluma, o las teclas, en un blog. La idea era leerlo solo nosotros dos, pero creo que no causara daño que sea público. En aclaración previa el título es producto de una frase de una amiga cuando me decía que existían los hombres las mujeres y aquellos que estaban en los géneros bastardos…aquellos por algunos mal mirados, por otros aceptados o en el mejor de los casos ignorados y dejados en su libertad. Gays, lesbianas, heterosexuales, libre pensadores, seres humanos de conciencia sean bienvenidos a este espacio en la red, que será de ahora en adelante suyo.
En un primero post dejare este cuento que escribí hace un par de años, quizás en esos años todo me sorprendía más que ahora, tal como fue ir por primera vez a un lugar en el que siempre pensé que si encajaba…en parte. Superstar fue un local que forjo siempre sus historias al ritmo ensordecedor de la música, miles de historias que terminan por armar el libro gay de la cultura LGBT penquista.
A pesar de haber desaparecido con el terremoto, ese hueco que aun queda recuerda esas tardes de frenesí post universidad con esas risas y esos te amo, te odio, te necesito, te invito, los ¿de dónde eres? o los ¿dónde vamos?, quieres hacerlo simplemente un solo quiero conocer amigos aun resuenan al pasar por ahí, quizás cada sonido que sale de ahí es un eco perdido en mi enajenada mente al entornar la mirada del recuerdo al pedestre espacio que queda y que alguna vez fue sinónimo de diversión.
Superstar
Cuando abrí los ojos a la imagen coliflor de la vida nocturna de la metrópolis del sur, me fue fácil reconocer que el frenesí mariposón de la vida aletarga las más férreas convicciones y esperanzas, algunas de las cuales las encontramos alojadas en lo profundo de la conciencia locateli y ronca de la vida noctambula. Nadie nunca me dijo aquello que no supe, lo demás debía averiguarlo por mi mismo. Frente al gran almacén del consumismo penquista se encendía durante las noches la cándida maratón ebria de la bohemia nocturna amanerada.
Cuando las farolas se encienden y los angelitos duermen la vida se vive, y así bien lo sabia la fauna de las risas locas. Durante las tardes el ghetto gay prendía con los beats de la música a todo volumen, coreando las melodías del momento y dejándose llevar por el calor delirante de la farra que ofrecía la ciudad. Martes, miércoles…sábados, jueves… día a día las Superestrellas cotorreaban y repletaban cada espacio del local agitando y contorneando sus cuerpos en el constante vaivén de la juerga noctambula homosexual. Dotados de un constante contornear de pelvis los participantes realizaban su parte del ritual que ya se saben de memoria una y otra vez. Constantemente vuelven por que es aquí a donde pertenecen y no a otro lugar, por que dicho de alguna forma todo esto resulta enigmáticamente mágico. Nadie puede ser uno mismo si no es donde se quiere ser uno mismo y eso bien lo saben quienes volvían para participar.
Las puertas abiertas eran la perfecta invitación que funcionaba como un irresistible imán para que el conjunto de locas y gays se atreviesen a entrar. Casi dioses (y diosas) con el constante vibrar de la música que penetraba cada espacio del cuerpo, los participantes, muchos de ellos jóvenes, combinaban las luces con el rubor propio de su rostro. En las puertas, el susurrado “adentro arreglamos” se confundía con el sonido que los altoparlantes repartían a la masa. Y eran ríos y ríos de piscolas, roncolas, gincolas, (siempre colas) los que borboteaban duran el carrete mariposón penquista. La masa heterogénea de efebos y muertas llenaban con su voz cada rincón del templo vociferando el “todos me miran” de la Trevi, cansando sus delicadas voces, lo cual los llevaba a la barra en busca de algo con que calmar el candor de la garganta trizada por el esfuerzo. Y es en la barra donde se conseguía la llave para la risa fácil, es en la barra en donde cada uno se debía abrir paso empujando al joven que miraba una y otra vez la entrada, temiendo el encontrarse con un compañero, y así poder conseguir eliminar la sofocación.
Las cosas son rutinas y así al final de todo cuando algunos volvíamos a la calle, muchos volvían a su rutina masculina. Muchos miraban de lado a lado antes de salir por que acá la diversidad local es igual a la que encontramos en muchas partes: el camuflaje viril y machazo es algo que no se debe perder, y los ay, weona, ay pobre!! se deben quedar atrás…al final de la noche al traspasar aquellas puertas algunos deben volver a ser otros, pero para bien o para mal, algunos debemos volver a ser los mismos.